Cuento Largo. Planilandia 11ª Entrega.

11. Sobre nuestros sacerdotes

YA ES HORA de que pase de estas breves notas discursivas sobre las cosas de

Planilandia al elemento básico de este libro, mi iniciación en los misterios del Espacio. Ése

es mi tema; todo lo anterior es un mero prefacio.

Debido a esto he de omitir muchas cuestiones cuya explicación me complace pensar

que no dejaría de tener interés para mis lectores: como, por ejemplo, el método que

tenemos para propulsarnos y pararnos nosotros mismos, a pesar de estar desprovistos de

pies; los medios por los que proporcionamos fijeza a construcciones de madera, piedra o

ladrillos a pesar de no tener, claro está, manos, no poder echar cimientos como podéis

vosotros, ni servirnos de la presión lateral de la tierra; de qué modo se origina la lluvia en

los intervalos entre nuestras diversas zonas, de manera que las regiones septentrionales no

impidan que la humedad caiga en las meridionales; la naturaleza de nuestras montañas y

minas, nuestros árboles y verduras, nuestras estaciones y cosechas; nuestro alfabeto y

nuestro método de escritura, adaptado a nuestras tabletas lineales; estos detalles de nuestra

existencia física, y un centenar más, debo pasarlos por alto, sin hacer ahora nada más que

mencionarlos para indicar a mis lectores que su omisión se debe no a olvido por parte del

autor, sino al respeto que inspira a éste el tiempo del lector.

Sin embargos estoy convencido de que mis lectores esperan que haga, antes de pasar

a mi tema oficial, unos cuantos comentarios finales sobre esas columnas y soportes de la

constitución de Planilandia, que son los que controlan nuestra conducta y conforman

nuestro destino y son objeto de homenaje y casi adoración universales: ¿necesito decir que

me refiero a nuestros círculos o sacerdotes?

Cuando les llamo sacerdotes, me gustaría que entendieses, lector, que no me refiero

sólo a lo que el término significa entre vosotros. Entre nosotros, nuestros sacerdotes son

administradores de todos los negocios, las artes y las ciencias; tienen a su cargo la industrias

el comercio, el generalato, la arquitectura, la ingeniería, la educación, el arte de gobierno, la

legislación, la moralidad, la teología; ellos, sin hacer nada personalmente, son la causa im-

pulsora de todo lo que merece la pena hacer, que hacen otros.

Aunque a nivel popular todo aquel al que se llama círculo se considera un círculo,

entre las clases mejor educadas se sabe que ningún círculo es en realidad un círculo, sino

sólo un polígono con un número muy grande de lados muy pequeños. Cuando el número

de lados aumenta, un polígono se aproxima a un círculo; y, cuando el número es realmente

muy grande, digamos por ejemplo trescientos o cuatrocientos, es extremadamente difícil

para el tacto más delicado apreciar ángulos poligonales. Aunque debería decir más bien que

sería difícil porque, como he mostrado antes, la identificación táctil es desconocida entre el

sector más elevado de la sociedad, y tocar a un círculo se consideraría una ofensa sumamente

atrevida. Este hábito de abstención del tacto en la mejor sociedad permite a un círculo

mantener el velo de misterio con que suele envolver la naturaleza precisa de su perímetro o

circunferencia desde sus primeros años. Al ser el perímetro medio de 90 centímetros se

sigue de ello que, en un polígono de trescientos lados, no tendrá cada uno de ellos más lon-

gitud que la centésima parte de treinta centímetros, o poco más de la décima parte de dos y

medio; y, en un polígono de seiscientos o setecientos lados, éstos son poco mayores que el

diámetro de una cabeza de alfiler de Espaciolandia. Se da por supuesto siempre, por

cortesía, que el círculo jefe tiene en la actualidad diez mil lados.

El ascenso de la descendencia de los círculos en la escala social no se halla limitados

como sucede entre las clases regulares más bajas, por la ley de la naturaleza que limita el

aumento de lados a uno en cada generación. Si fuese así, el número de lados de un círculo

sería una mera cuestión de linaje y aritmética, y el descendiente cuatrocientos noventa y

siete de un triángulo equilátero sería necesariamente un polígono de quinientos lados. Pero

no es así. La naturaleza se rige por dos normas antagónicas en lo referente a la

reproducción circular; primera, que, a medida que la raza va ascendiendo en la escala de

desarrollo, éste acelera su ritmo; segunda, que la fertilidad de la raza va disminuyendo en la

misma proporción. Por tanto, en el hogar de un polígono de cuatrocientos o quinientos

lados es raro encontrar un hijo; más de uno no se ve jamás. Por otra partes se han dado

casos de hijos de polígonos de quinientos lados que nacen con quinientos cincuenta e

incluso seiscientos.

También el arte interviene para colaborar en el proceso de la evolución superior.

Nuestros médicos han descubierto que los pequeños y tiernos lados de un niño polígono

de la clase superior se pueden fracturar y que se puede reestructurar toda su configuración,

con tal exactitud que un polígono de doscientos o trescientos lados a veces, no siempre,

pues el proceso entraña grave riesgo, pero sí a veces, se salta doscientas o trescientas

generaciones, y duplica, como si dijésemos, el número de sus progenitores y la nobleza de

su ascendencia.

Se sacrifica de este modo a más de un niño prometedor, ya que apenas si sobrevive a

la intervención uno de cada diez. Pero la ambición de los padres es tan fuerte entre estos

polígonos que están, digamos, en el borde de la clase circular, que resulta muy raro hallar

un noble de esa posición en la sociedad, que haya desdeñado llevar a su primogénito al

gimnasio neoterapéutico circular antes de que haya alcanzado el mes de edad.

Ha de transcurrir un año para poder saber si la intervención ha sido un éxito o un

fracaso. Lo más probable es que al término de ese período el niño haya añadido una lápida

más a las que llenan el cementerio neoterapéutico; pero en algunas raras ocasiones una

alegre procesión devuelve a unos padres entusiasmados un pequeño que ha dejado ya de

ser un polígono para ser un círculo, por una convención cortés, al menos: y un solo caso de

resultado tan feliz induce a multitud de padres poligonales a someterse a sacrificios

domésticos similares, que acaban en desenlaces disímiles.

Hasta Pronto

Dolores

Cuento Largo. 10ª Entrega. Planilandia.

10. Sobre la represión de la sedición cromática

LA AGITACIÓN en favor del proyecto de ley cromática universal continuó

durante tres años; y pareció, hasta el último momento de ese período, que la anarquía

estuviese destinada a triunfar.

Todo un ejército de polígonos, que luchaban como soldados rasos, fue

totalmente aniquilado por una fuerza superior de triángulos isósceles; los cuadrados y

los pentágonos, por su parte, se mantuvieron neutrales. Lo peor de todo fue que

algunos de los círculos más capaces cayeron víctimas de la furia conyugal. Enfurecidas

por la animosidad política, las esposas de muchas casas nobles aburrían a sus señores

con ruegos de que abandonaran su oposición a la ley cromática; y algunas, al ver que

sus súplicas resultaban infructuosas, se lanzaron sobre maridos e hijos inocentes y los

mataron, pereciendo ellas mismas en el acto de la carnicería. Hay constancia de que

durante esa agitación trienal perecieron en discordias domésticas veintitrés círculos

como mínimo.

El peligro era realmente grande. Parecía que los sacerdotes no tuviesen otra

alternativa que sometimiento o exterminio. Pero el curso de los acontecimientos

cambió de pronto completamente por uno de esos pintorescos incidentes que los

estadistas no deberían pasar por alto nunca, deberían prever a menudo y a veces

quizás originar, teniendo en cuenta el vigor absurdamente desproporcionado con que

apelan a las simpatías del populacho.

Sucedió que un isósceles de un tipo bajo, con un cerebro que apenas si superaba

los cuatro grados, cuando estaba accidentalmente curioseando en los colores de un

comerciante cuya tienda había sido saqueada, se pintó él mismo, o se hizo pintar

(pues las versiones varían), con los doce colores de un dodecágono. Luego, entrando

en la plaza del mercado, abordó con voz fingida a una doncella, que era la hija

huérfana de un noble polígono, a cuyo amor había aspirado anteriormente en vano, y

mediante una serie de engaños (ayudado, por una parte, por una cadena de accidentes

afortunados demasiado larga para que la enumeremos aquí, y, por otra, por una

fatuidad casi inconcebible y un desdén de las precauciones normales por parte de los

parientes de la muchacha) consiguió consumar el matrimonio. La desdichada doncella

se suicidó al descubrir el fraude del que había sido objeto.

Cuando la noticia de esta catástrofe se difundió de estado en estado hubo una

gran conmoción entre las mujeres. La compasión por la infeliz víctima y la previsión

de engaños similares de los que también podían ser objeto ellas, sus hermanas y sus

hijas, las hicieron pasar a enfocar con una perspectiva completamente distinta el

proyecto de ley cromática. Un buen número de ellas pasaron a declararse en contra de

él; el resto no necesitó más que un pequeño estímulo para adoptar una posición

similar. Los círculos, aprovechando esta oportunidad favorables convocaron rápida-

mente una asamblea extraordinaria de los estados y se aseguraron de que asistiera a

ella un gran número de mujeres reaccionarias, además de la guardia habitual de

convictos.

En medio de una concurrencia sin precedentes, el círculo jefe de aquel período

(que se llamaba Pantociclo) se levantó y fue saludado con los silbidos y abucheos de

unos ciento veinte mil isósceles. Pero se aseguró el silencio declarando que en

adelante los círculos adoptarían una política de claudicación; aceptarían el proyecto de

ley cromática, sometiéndose a los deseos de la mayoría. La algarabía se convirtió

inmediatamente en aplauso y el círculo jefe invitó entonces a los cromatistas, al

caudillo de la sedición, a salir al centro de la cámara para recibir en representación de

sus seguidores la sumisión de la jerarquía. Siguió luego un discurso, una obra maestra

de retórica, que duró casi un día y al que ningún resumen puede hacer justicia.

En él declaró, con una apariencia seria de imparcialidad, que puesto que iban

por fin a comprometerse ellos también con la reforma o innovación, era deseable que

hiciesen un último repaso del perímetro de todo el asunto, de sus inconvenientes y de

sus ventajas. Presentando gradualmente la mención de los peligros a los comerciantes,

las clases profesionales y los caballeros, silenció los crecientes murmullos de los

isósceles recordándoles que, pese a todos aquellos defectos, él estaba dispuesto a

aceptar el proyecto si lo aprobaba la mayoría. Pero era evidente que todos, salvo los

isósceles, estaban conmovidos por sus palabras y eran o neutrales o contrarios al

proyecto de ley.

Volviéndose entonces a los trabajadores afirmó que no debían menospreciarse

los intereses de éstos y que, si se proponían aceptar el proyecto de ley cromática,

debían hacerlo al menos con pleno conocimiento de las consecuencias. Muchos de

ellos, dijo, estaban a punto de ser admitidos en la clase de los triángulos regulares;

otros preveían para sus hijos una distinción que no podían esperar para ellos mismos.

Esa honorable ambición debería ser sacrificada ahora. Con la adopción universal del

color, desaparecerían todas las distinciones; la regularidad se confundiría con la

irregularidad; el progreso dejaría paso al retroceso; el trabajador quedaría degradado

en unas cuantas generaciones al nivel de la clase militar e incluso de la presidiaria; el

poder político estaría en manos del mayor número, es decir, de las clases delincuentes,

que eran ya más numerosas que los trabajadores y que no tardarían en superar en

número a todas las demás clases juntas, una vez quebrantadas las conocidas leyes

naturales compensadoras.

Un murmullo apagado recorrió entonces las filas de los artesanos, y los

cromatistas, alarmados, intentaron salir a la palestra y dirigirse a ellos. Pero su jefe se

vio rodeado de guardias y obligado a guardar silencio mientras el círculo jefe con unas

cuantas palabras apasionadas hacía un llamamiento final a las mujeres, proclamando

que, si se aprobaba el proyecto de ley, ningún matrimonio sería ya seguro, ni estaría

asegurado el honor de ninguna mujer; el fraude, el engaño, la hipocresía invadirían

todos los hogares; la felicidad doméstica compartiría el destino de la constitución y

fenecería en una destrucción acelerada. «Antes de esto», exclamó, «ven, muerte».

Ante estas palabras, que eran la señal acordada para entrar en acción, los

presidiarios isósceles se lanzaron sobre los cromatistas y los traspasaron y

destruyeron; las clases regulares abrieron sus filas y dejaron paso a una banda de

mujeres que, bajo la dirección de los círculos, se desplazaron, invisible y certeramente,

con la parte posterior primero, hacia los desprevenidos soldados; los artesanos,

imitando el ejemplo de sus superiores, abrieron también sus filas. Bandas de

presidiarios bloquearon al mismo tiempo todas las entradas con una falange

impenetrable.

La batalla, o más bien la carnicería, fue de poca duración. Bajo la hábil dirección

de los círculos la carga de casi todas las mujeres resultó mortífera y fueron

muchísimas las que extrajeron su aguijón incólume, dispuesto para ensartarlo por

segunda vez. Pero no fue necesario ningún segundo golpe; la chusma de los isósceles

hizo el resto de la tarea por sí sola. Sorprendidos, sin dirección, atacados de frente

por enemigos invisibles, y con la salida cortada por los presidiarios situados tras ellos,

perdieron inmediatamente (a su manera) toda presencia de ánimo y alzaron el grito de

«traición». Esto selló su destino. Cada isósceles pasó a ver y considerar a todos los

demás isósceles como enemigos. En media hora no quedaba de toda aquella enorme

multitud ni uno solo vivo; y los fragmentos de ciento cuarenta mil de la clase de-

lincuente que se habían matado unos a otros con sus propios ángulos testimonió el

triunfo del orden.

Los círculos se apresuraron a sacar el máximo partido de su victoria. Aunque no

acabaron con los trabajadores, los diezmaron. Se convocó inmediatamente a la milicia

de los equiláteros y todos los triángulos sobre los que había sospechas razonables de

irregularidad fueron destruidos tras comparecer ante un tribunal militar, sin la

formalidad de una medición precisa por parte del consejo social. Los hogares de las

clases militar y artesana fueron inspeccionados en una serie de visitas que se

extendieron a lo largo de un año; y durante ese período todas las ciudades, pueblos y

aldeas fueron purgados sistemáticamente de aquel exceso de los órdenes inferiores

que se había producido a causa de haberse pasado por alto el pago del tributo de

delincuentes para las escuelas y universidades, y por la violación de las otras leyes

naturales de la constitución de Planilandia. Se restauró así, de nuevo, el equilibrio de

clases.

Ni que decir tiene que a partir de entonces se abolió el uso del color y se

prohibió su posesión. Y pasó a castigarse con una pena grave hasta pronunciar una

palabra que denotase color, salvo en el caso de los círculos o de profesores

cualificados de materias científicas. Sólo en nuestra universidad, en algunas de las

clases más elevadas y esotéricas (a las que yo no he tenido nunca el privilegio de

asistir), parece ser que aún se practica un uso restringido del color con la finalidad de

ilustrar algunos de los problemas más profundos de las matemáticas. Pero de esto sólo

puedo hablar de oídas.

El color es en la actualidad inexistente en toda Planilandia. Sólo hay una persona viva

que conozca el arte de fabricarlos el círculo jefe, mientras lo es; y él se lo transmite en el

lecho de muerte únicamente a su sucesor. Sólo lo produce una fábrica; y, para que nadie

pueda revelar el secreto, se liquida anualmente a los trabajadores, y se introducen otros

nuevos. Tan grande es el terror con el que nuestra aristocracia contempla, hoy incluso, los

remotos días de la agitación en pro del proyecto de ley del color universal.

Hasta Pronto

Dolores

Cuento Largo. Planilandia. 9ª Entrega

9. Sobre la ley del color universal

PERO, AL MISMO tiempo, las artes intelectuales sufrían una decadencia acelerada.

El arte de la identificación visual, al no ser ya necesario, no se practicaba; y los estudios de

geometría, estadística, cinética y otros temas emparentados no tardaron en llegar a

considerarse superfluos, y a caer en el desprestigio y a desdeñarse hasta en la propia

universidad. El arte inferior de tocar experimentó rápidamente el mismo destino en

nuestras escuelas elementales. Luego, las clases isósceles, asegurando que los especímenes

no se utilizaban ya ni se necesitaban, y negándose a pagar al servicio de educación el

tributo acostumbrado de las clases delincuentes, fueron haciéndose más numerosas e

insolentes cada día, al quedar eximidas de la vieja carga que había ejercido

anteriormente el saludable y doble efecto de domeñar su carácter brutal y de reducir

al mismo tiempo su excesivo número.

Los soldados y los artesanos empezaron a afirmar cada vez con más vehemencia

(y con mayor veracidad) que no había ninguna diferencia importante entre ellos y la

clase más alta de todos los polígonos, porque habían ascendido ya hasta una

condición igual a la suya y eran capaces de afrontar todas las dificultades y resolver

todos los problemas de la vida, tanto estáticos como cinéticos, por el simple proceso

del reconocimiento cromático. No dándose por satisfechos con el abandono natural

en que estaba cayendo el reconocimiento visual, empezaron además a exigir des-

caradamente la prohibición legal de todas las «artes monopolizadoras y aristocráticas»

y la abolición consiguiente de todas las dotaciones para los estudios de

reconocimiento visual, matemáticas y tocamiento. Y pronto pasaron a sostener que,

dado que el color, que era una segunda naturalezas había hecho ya innecesarias las

diferenciaciones aristocráticas, la ley debería seguir el mismo camino y, por tanto,

todos los individuos y todas las clases deberían ser consideradas absolutamente

iguales y titulares de los mismos derechos.

Los caudillos de la revolución, al hallar a los órdenes superiores titubeantes e

indecisos, fueron aún más allá en sus exigencias, hasta pedir finalmente que todas las

clases por igual, mujeres y sacerdotes incluidos, debían rendir homenaje al color

sometiéndose al pintado. Cuando se objetó que sacerdotes y mujeres no tenían lados,

replicaron que la naturaleza y la conveniencia concurrían en decretar que la mitad

frontal de todo ser humano (es decir, la mitad que contiene su ojo y su boca) debía

resultar diferenciable de su mitad trasera. Presentaron por tanto ante una asamblea

general y extraordinaria de todos los estados de Planilandia un proyecto de ley que

proponía que la mitad de la mujer que contiene el ojo y la boca tendría que estar

pintada de rojo y la otra mitad de verde. Los sacerdotes debían ir pintados del mismo

modo, aplicándose el rojo al semicírculo del que el ojo y la boca constituían el punto

medio; mientras el otro semicírculo, el trasero, debía pintarse de verde.

Había no poco ingenio en esta propuesta, que emanaba en realidad no de un

isósceles (pues ningún ser tan degradado habría tenido angularidad suficiente para

apreciar, y aún menos idear, un modelo tal de arte de gobierno), sino de un círculo

irregular al que, en vez de destruirlo en la infancia, se le dejó con vida por una necia

indulgencia para que llevara la desolación a su país y la destrucción a miríadas de sus

seguidores.

La propuesta estaba calculada, por un lado, para poner a las mujeres de todas las

clases a favor de la innovación cromática. Asignando a las mujeres los mismos dos

colores que se asignaban a los sacerdotes, los revolucionarios aseguraban, por otro

lado, que, en ciertas posiciones, toda mujer pareciese un sacerdotes y se la tratase con

el respeto y la deferencia correspondientes. Perspectiva que no podía por menos que

atraer a todo el sexo femenino en masa.

Pero tal vez algunos de mis lectores no lleguen a hacerse cargo del todo de esa

posibilidad de que sacerdotes y mujeres tuviesen con la nueva legislación una

apariencia idéntica; por si es así, voy a explicarlo en dos palabras para que quede

claro.

Imaginad una mujer debidamente decorada, de acuerdo con el nuevo código;

con la mitad frontal (i.e. la del ojo y la boca) roja y con la mitad posterior verde.

Miradla desde un lado. Evidentemente veréis una línea recta, mitad roja, mitad verde.

Imaginad ahora a un sacerdote, cuya boca es M y cuyo semicírculo frontal

(AMB) está consecuentemente pintado de rojo, mientras que el semicírculo posterior

es verde; de manera que el diámetro AB divide el verde del rojo. Si contempláis al

«gran hombre» de manera que situéis el ojo en la misma línea recta que

su diámetro divisor (AB), lo que veréis será una linea recta (CBD), de la que una

mitad (CB) será roja y la otra (BD) verde. La línea completa (CD) será bastante más corta,

quizás, que la de una mujer adulta, y se difuminará más rápidamente hacia sus extremos;

pero la identidad de los colores os dará una impresión inmediata de identidad de clase,

haciéndoos desdeñar los otros detalles. Tened presente la decadencia de la identificación

visual de que fue víctima la sociedad en el período de la revolución cromática; añadid

además que es seguro que las mujeres aprenderían enseguida a difuminar sus extremos

para imitar a los círculos; comprenderéis ya claramente, mis queridos lectores, que el

proyecto de ley cromática nos hacía correr el grave peligro de confundir a un sacerdote

con una joven.

Es fácil imaginar lo atractiva que debía de resultar tal perspectiva para el sexo débil.

Debían de recrearse por anticipado pensando, encantadas, en la confusión que esto

crearía. En casa podrían escuchar secretos políticos y eclesiásticos no dirigidos a ellas sino

a sus hermanos y maridos, y podrían incluso dar órdenes en nombre de un círculo

sacerdotal; fuera de su casa, la llamativa combinación de rojo y verde, sin el añadido de

ningún otro color, llevaría sin duda a la gente vulgar a incurrir en infinitos errores y las

mujeres ganarían lo que los círculos perdiesen, en cuanto al respeto de los transeúntes. Y

por lo que respecta al desprestigio que caería sobre la clase circular si la conducta frívola

e impropia de las mujeres se imputase a sus miembros, y a la subversión consiguiente de

la constitución, no podía esperarse que el sexo femenino dedicase un solo pensamiento a

semejantes consideraciones. Las mujeres estaban todas a favor del proyecto de ley

cromática universal hasta en los hogares de los círculos.

El segundo objetivo que se planteaba el proyecto de ley era la desmoralización

gradual de los propios círculos. En la decadencia intelectual generalizada ellos

conservaban aún su claridad prístina y el vigor de su pensamiento. Familiarizados desde la

más temprana infancia en sus hogares circulares con la ausencia total de color, eran los

únicos que conservaban el arte sagrado de la identificación visual, con todas las ventajas

que se derivan de ese admirable adiestramiento de la inteligencia. De ahí que, hasta la

fecha de la presentación del proyecto de ley del color universal, los círculos no sólo se

habían mantenido firmes en su posición sino que habían incrementado incluso su jefatura

de las otras clases al abstenerse de la moda popular.

Así que el taimado irregular que he descrito antes como el autor de este diabólico

proyecto de ley decidió rebajar de un golpe el estatus de la jerarquía obligándoles a

someterse a la contaminación del color, y destruir al mismo tiempo sus posibilidades

domésticas de adiestramiento en el arte de la identificación visual, para debilitar así sus

intelectos privándoles de sus hogares incoloros y puros. Una vez sometidos los círculos a

la contaminación cromática, padres e hijos se desmoralizarían mutuamente.

Sólo al diferenciar entre el padre y la madre tendría problemas el niño circular para ejercitar su

inteligencia… problemas que era probable que estuviesen demasiado a menudo viciados

por imposturas maternas, con el resultado de debilitar la fe del niño en todas las

conclusiones lógicas. Así, el lustre intelectual del orden sacerdotal se iría apagando

gradualmente y quedaría abierto el camino para una destrucción completa de todo el

cuerpo legislativo aristocrático y para el derrocamiento de nuestras clases privilegiadas.

Hasta Pronto

Dolores

Cuento Largo. Planilandia. 8ª Entrega.

Sobre la antigua práctica de pintar

SI MIS LECTORES me han seguido con alguna atención hasta aquí, no se

sorprenderán si les digo que la vida es un poco aburrida en Planilandia. No quiero decir,

claro, que no haya batallas, conspiraciones, tumultos, facciones y todos esos otros

fenómenos que hacen, en teorías interesante la historia; ni podría decir tampoco que la

extraña mezcla de los problemas de la vida y los problemas de matemáticas, que impulsan

constantemente a hacer conjeturas y dan la posibilidad de verificación inmediata, no

introduzca en nuestra existencia un estímulo que vosotros en Espaciolandia difícilmente

podréis entender. Hablo ahora desde el punto de vista estético y artístico cuando digo que

la vida es aburrida entre nosotros; estética y artísticamente, es muy aburrida, la verdad.

¿Cómo puede ser de otro modo, si toda la perspectiva que uno puede apreciar, todos

los paisajes, piezas históricas, retratos, flores, naturalezas muertas, no son más que una

línea, sin otra variedad que la de sus grados de luminosidad y obscuridad?

No fue siempre así. El color, si la tradición no miente, por una vez en el espacio de

media docena de siglos o más, arrojó un fugaz esplendor sobre las vidas de nuestros

ancestros de los tiempos más remotos. Se dice que cierto individuo particular (un pen-

tágono al que se le asignan diversos nombres), que descubrió casualmente los componentes

de los colores más simples y un método rudimentario de pintura, empezó decorando su

propia casa, luego a sus esclavos, luego a su padre, a sus hijos y nietos y, por último, a sí

mismo. La rapidez y la belleza de los resultados convencieron a todos. A donde quiera que

los cromatistas (pues por ese nombre acordaron designarlos las autoridades más fidedignas)

volvían su variopinta estructura, llamaban inmediatamente la atención e inspiraban respeto.

Nadie necesitaba «tocarle»; nadie confundía su frente con su dorso; sus vecinos captaban

enseguida todos sus movimientos sin tener que poner a prueba su capacidad de cálculo;

nadie le daba un empujón ni dejaba de hacerle sitio para pasar; su voz se ahorraba el

esfuerzo de esa expresión agotadora con que los pentágonos y cuadrados incoloros nos

solemos ver obligados a proclamar nuestra individualidad cuando nos desplazamos por en

medio de una multitud de ignorantes isósceles.

La moda se propagó como el fuego en un bosque. Antes de que transcurriera una

semana, todos los cuadrados y triángulos del distrito habían seguido el ejemplo de los

cromatistas y sólo unos cuantos pentágonos de los más conservadores se mantuvieron

firmes. Al cabo de un mes o dos resultó que la innovación había infestado hasta a los

dodecágonos. Antes de que pasara un año la costumbre se había extendido a todos salvo al

sector más alto de la nobleza. Ni que decir tiene que la costumbre no tardó en abrirse paso

desde el distrito de los cromatistas a las regiones limítrofes; y al cabo de dos generaciones

no había nadie incoloro en toda Planilandia, salvo las mujeres y los sacerdotes.

La propia naturaleza parecía erigir una barrera en este caso, oponiéndose a que la

innovación se extendiese a esas dos clases. La multilateralidad era casi esencial como

pretexto para los innovadores. «La naturaleza quiere indicar con la diferenciación de lados

una diferenciación de colores», éste era el sofisma que volaba de boca en boca por

entonces, convirtiendo de golpe a la nueva cultura ciudades enteras. Pero era evidente que

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este adagio no se cumplía en el caso de nuestros sacerdotes y nuestras mujeres. Estas

últimas sólo tenían un lado, y por tanto (hablando plural y pedantemente) no tenían lados.

Los primeros (si se hubiesen ratificado al menos en su pretensión de ser círculos reales y

verdaderos y no meros polígonos de la clase alta con un número infinitamente grande de

lados infinitesimalmente pequeños) tenían por hábito ufanarse de lo que las mujeres confe-

saban y deploraban, de que no tenían ningún lado, sino que disfrutaban del privilegio de

poseer como perímetro una línea, o, dicho de otro modo, una circunferencia. Vino a

suceder así que estas dos clases no podían conceder ningún valor al presunto axioma según

el cual «Diferenciación de lados implica diferenciación de color», y cuando todos los demás

habían sucumbido a la fascinación de la decoración corporal, sólo seguían manteniéndose

puros de la contaminación de la pintura los sacerdotes y las mujeres.

Inmorales, licenciosos, anárquicos, anticientíficos (llamadles como queráis) pero,

desde un punto de vista estético, aquellos tiempos antiguos de la revuelta del color fueron

en Planilandia la infancia gloriosa de un arte que, desgraciadamente, nunca llegó a alcanzar

la edad madura y ni siquiera pudo gozar del florecer de la juventud. Vivir era entonces por

sí solo un gozo, debido a que vivir entrañaba ver. Hasta en una pequeña fiesta era un placer

contemplar a los asistentes; se dice que los tonos ricos y variados de los reunidos en una

iglesia o en el teatro resultaban a veces demasiado distraídos para nuestros mejores

maestros y actores, hasta el punto de que les impedían concentrarse; pero lo más des-

lumbrante de todo dicen que era la magnificencia indescriptible de una revista militar.

La visión de veinte mil isósceles dispuestos en formación de combate dando media

vuelta y cambiando el negro sombrío de sus bases por el naranja y el morado de los dos

lados con el ángulo agudo incluido; la milicia de los triángulos equiláteros tricoloreados en

rojo, blanco y azul; el malva, azul ultramar, amarillo claro y sombra tostado de los

cuadrados de la artillería girando rápidamente junto a sus cañones color bermellón; la ele-

gancia y el brillo de los hexágonos y pentágonos de seis y de cinco colores cruzando el

campo de batalla en sus tareas de cirujanos, geómetras y edecanes, todo esto bien puede

haber sido suficiente para hacer creíble la famosa historia de cómo un ilustre círculo,

abrumado por la belleza artística de las fuerzas a su mando, tiró el bastón de mariscal y la

corona regia y proclamó que los cambiaba desde aquel momento por el lápiz del artista. Lo

grande y glorioso que debió de ser el sensual desarrollo de ese período nos lo indican en

parte el propio lenguaje y el vocabulario de la época. Las manifestaciones más comunes de

los ciudadanos más corrientes del período de la revolución del color parecen impregnadas

de más ricos matices verbales e ideológicos; y a esa era le debemos, hoy incluso, nuestra

mejor poesía y el ritmo que aún pueda perdurar en la forma de expresión más científica de

estos tiempos modernos.

Hasta Pronto

Dolores

Cuento Largo. 7ª Entrega.

Sobre las figuras irregulares

A LO LARGO de las páginas previas he dado por supuesto lo que quizás debería

haberse expuesto al principio como una proposición básica y diferenciada:

que todo ser humano de Planilandia es una figura regular,

es decir, de construcción regular.

Me refiero con esto a que una mujer debe ser no sólo una línea,

sino una línea recta; que un artesano o

un soldado debe tener dos de sus lados iguales;

que un comerciante debe tener iguales tres lados;

los abogados (clase de la que soy humilde miembro), cuatro lados iguales,

y en todo polígono, de modo general, todos los lados deben ser iguales.

El tamaño de los lados depende, como es natural, de la edad del individuo. Una

mujer tiene al nacer unos dos centímetros y medio de longitud, mientras que una mujer

adulta alta podría llegar a los treinta centímetros. En cuanto a los varones, de todas las

clases, puede decirse, en general, que la longitud de los lados de un adulto, sumados, es de

sesenta centímetros o poco más. Pero no es el tamaño de nuestros lados lo que cuenta.

A lo que yo me refiero es a la igualdad de los lados,

y no hace falta mucha reflexión para ver que

el conjunto de la vida social de Planilandia se apoya en el hecho fundamental de que

la naturaleza quiere que todas las figuras tengan los lados iguales.

Si nuestros lados fuesen desiguales nuestros ángulos podrían ser desiguales.

En vez de ser suficiente tocar, o calcular con la vista,

un solo ángulo para determinar la forma de  individuos

sería necesario valorar cada ángulo mediante el experimento de tocar.

Y la vida sería demasiado breve para tan tedioso tanteo.

La ciencia y el arte de la identificación visual perecerían sin remisión;

el tocar, en lo que tiene de arte, no sobreviviría;

las relaciones se harían peligrosas o imposibles;

no habría ya seguridad alguna, ninguna previsión;

a nadie podrían ya inspirar confianza ni los acuerdos sociales más sencillos;

en una palabra, la civilización se hundiría en la barbarie.

¿Voy demasiado deprisa para que puedan mis lectores seguirme hasta estas

conclusiones obvias?

Tal vez una breve reflexión y un solo ejemplo de la vida normal

puedan convencer a todos de que nuestro sistema social se basa en la regularidad,

o igualdad de ángulos.

Consideremos, por ejemplo, que te encuentras en la calle a dos o tres comerciantes,

a los que reconoces inmediatamente como comerciantes echando un vistazo

a sus ángulos y sus lados, que se hacen borrosos enseguida,

y les pides que entren en tu casa a comer.

Esto lo haces en la actualidad con plena confianza, porque todo el mundo

conoce con un margen de entre los tres y los cinco centímetros el área que ocupa un

triángulo adulto; pero imagina que tu comerciante arrastra tras su regular y respetable

vértice un paralelogramo de veinticinco o treinta centímetros de diagonal: ¿Qué puedes

hacer si ese monstruo se queda atascado en la puerta de tu casa?

Pero estoy ofendiendo a la inteligencia de mis lectores al acumular detalles que

deben ser evidentes para todo el que disfrute de las ventajas de una residencia en

Espaciolandia.

Es evidente que las mediciones de un solo ángulo no serían ya suficientes

en tan ominosas circunstancias; nos pasaríamos la vida tocando o examinando el

perímetro de nuestros conocidos.

Los problemas para evitar la colisión en una multitud son suficientes

para poner a prueba la sagacidad hasta de un cuadrado instruido;

pero si nadie pudiese calcularla regularidad de una sola figura del grupo,

todo sería caos y confusión,

y el más leve pánico causaría graves heridas e incluso una pérdida considerable

de vidas, si diese la casualidad de que hubiese mujeres o soldados presentes.

Así pues, la conveniencia y la naturaleza concurren estampando el sello de su

aprobación sobre la regularidad en la estructura, y tampoco la ley se queda atrás,

sino que secunda sus esfuerzos.

«Irregularidad de figura» viene a significar, más o menos, entre nosotros

lo que una combinación de perversidad moral y delincuencia entre vosotros, y

recibe un tratamiento correspondiente.

No faltan, claro, los propagadores de paradojas que sostienen que no existe

ninguna relación inevitable entre la irregularidad geométrica y la moral.

«El irregular», dicen, «es desde que nace objeto de burla por parte de sus padres,

sus hermanos y hermanas le ridiculizan, los criados no le hacen caso,

la sociedad se mofa de él y le mira con desconfianza

y se le excluye de todos los puestos de responsabilidad,

confianza y actividad útil.

Todos sus movimientos son atentamente vigilados por la policía

hasta que llega a la mayoría de edad y se presenta a inspección,

donde se le destruyes si se descubre que excede el margen de desviación establecido,

o bien se le empareda en una oficina del estado como empleado de séptima clase;

no se le permite casarse;

se le obliga a soportar una ocupación insulsa y agobiante con un estipendio mísero;

se le fuerza a comer y alojarse en la oficina,

y a estar sometido a una supervisión rigurosa hasta en las vacaciones.

¿Qué tiene de extraño que en esas circunstancias se amargue y

pervierta la naturaleza humana, incluso entre los más puros y mejores?».

Todo este razonamiento tan plausible no me convence, lo mismo que no ha

convencido a nuestros más sabios estadistas, de que nuestros antepasados se equivocaran

al establecer como un axioma político que la tolerancia de la irregularidad es incompatible

con la seguridad del estado. El irregular tiene una vida dura, eso es indiscutible, pero los

intereses del mayor número exigen que sea así.

Si se permitiese vivir a un hombre con un frente triangular

y un dorso poligonal y propagarse además a través de una descendencia

aún más irregular, ¿qué sería de las artes de la vida?

¿Deben modificarse las casas y las puertas y las iglesias de Planilandia

para adaptarlas a esos monstruos?

¿Deben nuestros porteros medir el perímetro de cada individuo antes de permitirle entrar en un teatro

u ocupar su sitio en una sala de conferencias?

¿Debe eximirse de la milicia al irregular?

Y si no es así, ¿cómo se le va a impedir que lleve la desolación a las filas de sus camaradas?

Además, ¡qué tentaciones irresistibles de imposturas fraudulentas han de asediar

inevitablemente a una criatura así!

¡Qué fácil ha de ser para él entrar en una tienda

con el frente poligonal por delante,

y pedir todo tipo de artículos a un comerciante confiado!

Que los que abogan por una falsa filantropía pidan cuanto quieran que se abroguen las

leyes penales de los irregulares; yo, por mi parte, no he conocido nunca un irregular que

no fuese lo que es evidente que la naturaleza se propuso que fuese: un hipócrita, un

misántropo y, en la medida del poder de que dispone, un perpetrador de todo género de

fechorías.

No se trata tampoco de que esté dispuesto a recomendar (por el momento) las

medidas extremas adoptadas por algunos estados, en los que se destruye sumariamente al

niño que nace con un ángulo que se desvíe medio grado de la angularidad correcta.

Algunos de nuestros hombres más distinguidos y capaces,

hombres de verdadero talento,

han trabajado durante el primer período de sus vidas

con desviaciones incluso de cuarenta y cinco minutos y hasta más,

y la pérdida de sus valiosas vidas habría sido un perjuicio

irreparable para el estado.

El arte de curar ha logrado también algunos de sus triunfos más

gloriosos en las reducciones, ampliaciones, trepanaciones,

coligaciones y otras operaciones quirúrgicas o dietéticas

con las que se ha curado total o parcialmente la irregularidad.

Por tanto yo, que propugno una Vía Media,

no trazaría ninguna línea fija o absoluta de demarcación,

sino que en el período en que la estructura está empezando a asentarse,

y una vez que el equipo médico haya determinado que la recuperación es improbable,

propondría que se eliminase misericordiosa e indoloramente al vástago irregular.

Hasta Pronto

Dolores

Cuento Largo. Planilandia. 6ª Entrega.

6. Sobre la identificación visual

ESTOY A PUNTO de parecer muy poco coherente. En las secciones anteriores he

dicho que todas las figuras de Planilandia presentan la apariencia de una línea recta; y se

añadió, o se indicó implícitamente, que era por ello imposible diferenciar el órgano visual

entre individuos de clases diferentes: y ahora me dispongo a explicar, sin embargo, a mis

críticos espaciolandeses de qué forma somos capaces de identificarnos mutuamente con el

sentido de la vista.

Pero si el lector se toma la molestia de acudir al pasaje en el que se dice que la

identificación táctil es universal, hallará esta matización: «entre las clases inferiores».

Porque esa identificación visual sólo se practica entre las clases más altas

y en nuestros climas más templados.

El que exista este poder en todas las regiones y entre todas las clases es consecuencia

de la nieblas que impera durante la mayor parte del año en todas las zonas salvo las

tórridas. Lo que entre vosotros en Espaciolandia constituye un mal sin paliativos, que borra

el paisaje, deprime el ánimo y debilita la salud,

se considera entre nosotros una bendición

casi equiparable al propio aire, y la nodriza de las artes y el padre de las ciencias.

Pero permitidme que explique lo que quiero decir,

sin añadir más elogios a este benéfico elemento.

Si no existiese la niebla, todas las líneas parecerían indiferenciables e igualmente

nítidas; y esto es lo que sucede en realidad en el caso de esos desdichados países en los que

la atmósfera es absolutamente seca y transparente.

Pero siempre que hay un rico suministro

de niebla los objetos que están a una distancia de, por ejemplo, un metro,

son perceptiblemente más imprecisos que los que están a una distancia de ochenta centímetros

y el resultado es que, por una observación experimental cuidadosa y constante de claridad e

imprecisión relativas, somos capaces de deducir con gran exactitud la configuración del

objeto observado.

Un ejemplo ayudará a aclarar lo que quiero decir más que un volumen entero de

generalidades.

Suponed que veo que se acercan dos individuos cuyo rango deseo determinar.

Supongamos que son un comerciante y un médico, o, dicho de otro modo, un triángulo

equilátero y un pentágono: ¿cómo puedo distinguirlos?

Resultará evidente para cualquier niño de Espaciolandia que haya rozado el umbral

de los estudios geométricos que, si puedo hacer que mi mirada biseccione un ángulo (A)

del desconocido que se acerca, mi visión se hallará equitativamente emplazada, como si

dijésemos, entre los dos lados suyos que se encuentran próximos a mí (es decir, CA y

AB), de tal manera que contemplaré los dos con imparcialidad y parecerán los dos del

mismo tamaño.

¿Qué veré ahora en el caso (1) del comerciante? Veré una línea recta DAE en la que

el punto medio (A) será muy brillante, porque es el que está más cerca de mí; pero a

ambos lados la línea se hará enseguida borrosa, debido a que los lados AC y AB se pierden

rápidamente en la niebla y lo que a mí me parecen las extremidades del comerciante, es decir

D y E, serán realmente muy imprecisos.

Por otra parte, si pasamos (2) al médico, aunque también veré en este caso una

línea (D’A’E’) con un centro brillante (A’), se hará borrosa menos rápidamente, porque los

lados (A’C’, A’B’) se pierden menos rápidamente en la niebla: y lo que a mí me parecen las

extremidades del médico, es decir, D’ y E’, no serán tan tenues como las extremidades del

comerciante.

El lector probablemente comprenderá con estos dos ejemplos cómo pueden

nuestras clases bien educadas diferenciar con bastante exactitud

(tras un adiestramiento muy largo, complementado con una experiencia constante)

entre los órdenes medios e inferiores, mediante el sentido de la vista.

Si mis patrones de Espaciolandia han captado esta concepción general,

hasta el punto de considerar que puede ser factible

y de no rechazar lo que explico como completamente inaceptable,

habré logrado todo lo que puedo razonablemente esperar.

Si añadiese más detalles no haría más que desconcertar.

Pero en favor de los jóvenes e inexpertos, que pueden quizá llegar a la conclusión

(a partir de los dos ejemplos sencillos que acabo de dar,

sobre cómo podría reconocer a mi padre o a mis hijos)

de que el reconocimiento por la vista es una cosa fácil,

tal vez sea preciso indicar que en la vida real la mayoría de los problemas

de la identificación visual son mucho más sutiles y complejos.

Por ejemplos si cuando mi padre, el triángulo, se acerca a mí, da la casualidad de

que me presenta su lado en vez de su ángulo, sucede que, hasta que le haya pedido que se

gire, o hasta que le haya recorrido con la vista, tendré en realidad la duda de si no será

una línea recta, o, dicho de otro modo, una mujer. Así mismo, cuando estoy en compañía

de uno de mis dos nietos hexagonales, contemplando todo el frente de uno de sus lados

(AB), resultará evidente por la figura adjunta que veré una línea completa (AB) con

relativa claridad (quedará sólo levemente sombreada en los extremos) y dos líneas más

pequeñas (CA y BD) mates las dos y que van haciéndose más imprecisas hacia los

extremos C y D.

Pero no debo caer en la tentación de extenderme sobre estos temas. Hasta el

peor matemático de Espaciolandia estará dispuesto a creerme si afirmo que los

problemas de la vida, que se plantean a las personas instruidas (cuando están ellas

mismas en movimiento, girando, avanzando o retrocediendo, e intentando al mismo

tiempo diferenciar con el sentido de la vista entre una serie de polígonos de elevado

rango que se desplazan en distintas direcciones, como por ejemplo en un salón de

baile o en una reunión social) son de tal naturaleza que ponen a prueba la angularidad

de los más cultos, y justifican sobradamente las ricas dotaciones de los doctos

profesores de geometría, tanto estática como cinética, de la ilustre universidad de

Wentbridge, donde se enseñan de forma regular la ciencia y el arte de la identificación

visual a grandes clases de la elite de los estados.

No son más que unos pocos vástagos de nuestras casas más nobles y ricas

los que pueden dedicar el tiempo y el dinero necesarios para el aprendizaje completo de

este noble y valioso arte.

Hasta para mí, un matemático de prestigio en modo alguno desdeñable,

y abuelo de dos hexágonos muy prometedores y perfectamente regulares,

resulta a veces muy desconcertante verse en medio de una multitud de polígonos

de las clases altas dando vueltas.

Y, por supuesto, para un comerciante corriente o un

siervo esa visión es casi tan ininteligible como lo sería para ti,

lector mío, si te vieses súbitamente transportado a mi país.

En una multitud de ese género no verías a tu alrededor más que una línea,

recta en apariencia, pero cuyas partes variarían irregular y perpetuamente en claridad o borrosidad.

Aunque hubieses terminado ya el tercer año de las clases pentagonales y

hexagonales de la universidad,

y dominases plenamente la teoría de la asignatura,

te encontrarías aún con que te harían falta muchos años de experiencia

para poder moverte entre una multitud de gente distinguida sin tropezar con tus superiores,

a los que es contrario a la urbanidad pedirles que «toquen» y que,

por su origen y cultura superiores, saben todo lo que hay que saber sobre tus movimientos,

mientras que tú sabes muy poco o nada sobre los suyos.

En una palabra, para comportarse con

absoluta propiedad en la sociedad poligonal, se ha de ser un polígono.

Esa es al menos la dolorosa enseñanza de mi experiencia.

Resulta asombroso lo mucho que se puede desarrollar el arte

(o casi podría llamarlo intuición) de la identificación visual

mediante la práctica habitual de ella y evitando la costumbre de «tocar».

Lo mismo que sucede entre vosotros, en el caso de los que son sordos y mudos,

que si se les permite una vez gesticular y usar el alfabeto manual no adquirirán ya nunca el arte

(más difícil pero mucho más valioso) de leer los labios y hablar con ellos,

sucede entre nosotros con lo de «ver» y «tocar».

Nadie que recurra en la primera parte de la vida a«tocar» aprenderá a «ver» con perfección.

Éste es el motivo de que nuestras clases superiores disuadan a sus hijos de

«tocar» o se lo prohíban terminantemente.

Sus hijos van, desde muy pequeños, no alas escuelas públicas elementales

(donde se enseña el arte de tocar), sino a seminarios superiores de carácter selecto;

y en nuestra ilustre universidad, «tocar» se considera

una falta gravísimas que acarrea expulsión temporal la primera vez

y definitiva si se reincide.

Pero entre las clases bajas el arte de la identificación visual

se considera un lujo inalcanzable.

Un comerciante corriente no puede permitirse que su hijo dedique un tercio de

la vida a los estudios abstractos.

A los hijos de los pobres se les permite «tocar»,

por la misma razón, desde la más temprana infancia,

y alcanzan por ello una precocidad y

una temprana vivacidad que contrasta al principio muy favorablemente con la

conducta inertes subdesarrollada y apática de los jóvenes aún medio instruidos de la

clase poligonal;

pero cuando estos últimos han completado los estudios universitarios

y están preparados para poner en práctica la teoría,

el cambio que se produce podría describirse casi como un nuevo nacimiento,

y sobrepasan y dejan muy atrás rápidamente

a sus competidores triangulares en todas las artes, ciencias y tareas sociales.

Son muy pocos los miembros de la clase poligonal que no superan la prueba

final del examen de grado de la universidad. La condición de esa minoría que no lo

consigue es verdaderamente patética. Rechazados por la clase superior, también los

inferiores les desprecian. No tienen ni los poderes madurados y adiestrados

sistemáticamente de los doctores y bachilleres poligonales ni tampoco la precocidad innata

y la dinámica versatilidad del joven comerciante. No pueden acceder a las profesiones, a los

servicios públicos, y aunque en la mayoría de los estados no se les prohíba el matrimonio,

tienen enormes dificultades para establecer enlaces adecuados, pues la experiencia

demuestra que los vástagos de estos padres desdichados y mal dotados son también en

general desdichados y hasta claramente irregulares.

Es precisamente de estos especímenes del desecho de nuestra nobleza de donde han

surgido por regla general los dirigentes de los tumultos y sediciones de los tiempos pasados,

y han resultado de ello tan grandes males que una creciente minoría de nuestros hombres

de estado más progresistas son de la opinión de que la verdadera piedad obligaría a su

eliminación absoluta, decretando que todo el que no apruebe el examen final de la universi-

dad sea encarcelado de por vida o eliminado con una muerte indolora.

Pero veo que me entrego ya a digresiones sobre el tema de las irregularidades, una

cuestión de tan vital interés que exige una sección propia.

Hasta Pronto

Dolores

Cuentos Largos. Planilandia. 5ª Entrega.

Obra de Kandinsky.

Sobre nuestros métodos de reconocimiento mutuo

VOSOTROS, QUE GOZÁIS de la sombra además de gozar de la luz, que estáis

dotados de dos ojos, tenéis un conocimiento de la perspectiva y el privilegio de disfrutar de

diversos colores; vosotros podéis ver realmente un ángulo y contemplar la circunferencia

completa de un círculo en la feliz región de las tres dimensiones… ¿Cómo podré, pues,

conseguir que veáis claramente la dificultad extrema que tenemos nosotros en Planilandia

para identificar nuestras recíprocas configuraciones?

Recordad lo que os expliqué antes. Todos los seres de Planilandia, animados e

inanimados, no importa cuál sea su formas ofrecen a nuestra vista la misma apariencia, es

decir la de una línea recta. ¿Cómo se puede entonces distinguir a uno de otro, si todos

parecen el mismo?

La respuesta es triple. El primer medio de identificación es el sentido del oído, que

está entre nosotros muchísimo más desarrollado que entre vosotros, y que no sólo nos

permite reconocer por la voz a nuestras amistades personales, sino diferenciar entre las

diversas clases, al menos por lo que respecto a los tres órdenes inferiores, los equiláteros,

los cuadrados y los pentágonos, pues a los isósceles no los tengo en cuenta. Pero a medida

que ascendemos en la escala social, va haciéndose cada vez más difícil el proceso de

identificar y de que os identifiquen por la audición, en parte porque se asimilan las voces y

en parte porque la facultad de identificar por la voz es una virtud plebeya no muy desarro-

llada entre la aristocracia. Y cuando existe peligro de impostura no podemos confiar en ese

método. Entre nuestros órdenes inferiores los órganos vocales están desarrollados en

mayor grado que el de la audición, de manera que un isósceles puede remedar fácilmente la

voz de un polígono y, con cierto adiestramiento, hasta la de un círculo. Es más frecuente,

por ello, que se recurra a un segundo método.

El principal método de reconocimiento entre nuestras mujeres y clases inferiores

(enseguida hablaré de nuestras clases superiores) es tocar, en todos los casos tratándose de

extraños y cuando de lo que se trata no es del individuo sino de la clase. De manera que el

equivalente a lo que es la «presentación» entre las clases altas de Espaciolandia es entre

nosotros el proceso de «tocar». «Permitidme que os pida que toquéis a mi amigo el señor

Fulano de Tal y que seáis tocado por él» sigue siendo aún la fórmula habitual para una

presentación entre los señores rurales más anticuados de las zonas alejadas de las ciudades.

Sin embargo en las ciudades, y entre los hombres de negocios, las palabras «seáis tocado

por» se omiten y la frase se abrevia en «Permítame que os pida que toquéis al señor Fulano

de Tal»; aunque se da por supuesto, claro está, que el «tocamiento» ha de ser recíproco.

Entre nuestros jóvenes caballeros aún más modernos y elegantes (que sienten una aversión

extrema hacia el esfuerzo superfluo y una suprema indiferencia respecto a la pureza de su

lengua materna) la fórmula se reduce aún más mediante el uso de «tocar» en un sentido

técnico, queriendo decir «recomendar-con-la-finalidad-de-tocar-y-ser-tocado»;

y en este momento el «argot» de la sociedad educada o elegante de las clases superiores sanciona un

barbarismo como «señor Fulano, permitidme tocar al señor Mengano».

Que no suponga sin embargo el lector que «tocar» es entre nosotros el tedioso

proceso que sería entre vosotros, o que consideremos necesario tocar por todo alrededor

todos los lados de cada individuo para poder determinar la clase a la que pertenece. La larga

práctica y el adiestramiento asiduo, que se inician en las escuelas y se continúan en la

experiencia de la vida diaria, nos permiten diferenciar inmediatamente por el sentido del

tacto entre los ángulos de un pentágono, un cuadrado y un triángulo de lados iguales; y no

hace falta decir que el vértice estúpido de un isósceles acutángulo resulta obvio hasta para

el toque más torpe. No es necesario, por tanto, como norma, más que tocar un solo ángulo

de un individuo; y esto, una vez comprobado, nos dice la clase de la persona a la que

estamos dirigiéndonos, salvo que pertenezca realmente a los sectores más altos de la

nobleza. En ese caso la dificultad es mucho mayor. Está comprobado que hasta un doctor

en humanidades de nuestra universidad de Wentbridge ha confundido un polígono de diez

lados con uno de doce; y difícilmente podría pretender un doctor en ciencias de esa famosa

universidad nuestra, o de fuera de ella, diferenciar con rapidez y seguridad entre un

miembro de la aristocracia de veinte lados y uno de veinticuatro.

Los lectores que recuerden los resúmenes que hice antes del código legislativo

respecto a las mujeres, se darán cuenta enseguida de que el proceso de presentación por

contacto exige cierto cuidado y discreción. En caso contrario, los ángulos podrían infligir al

tocador descuidado un daño irreparable. Es esencial para la seguridad del tocador que el

tocado se mantenga absolutamente inmóvil. Un sobresalto, un cambio brusco de posición,

sí, incluso un estornudo violento, se ha dado el caso de resultar fatales para el

imprudente, y ahogar en ciernes más de una amistad prometedora. Esto es especialmente

cierto entre las clases inferiores de los triángulos. El ojo está situado, en su caso, tan lejos

del vértice que casi no pueden darse cuenta de lo que está pasando en la extremidad de su

estructura. Tienen, además, un carácter tosco y áspero, insensible al toque delicado del

polígono sumamente organizado. ¡Nada tiene de asombroso, pues, el que un movimiento

involuntario de la cabeza haya privado al estado antes de ahora de una vida valiosa!

He oído que mi excelente abuelo (uno de los menos irregulares de su desdichada

clase de los isósceles, que llegó a obtener, poco antes de su muerte, cuatro de los siete

votos del consejo sanitario y social para el acceso a la clase de los equiláteros) deploraba a

menudo con una lágrima en su ojo venerable un accidente de este género, que le había

ocurrido al padre de su tatarabuelo, un respetable trabajador con un ángulo o cerebro de

59°30′. Según lo que él contaba, mi desventurado antecesor, que padecía de reumatismo,

cuando le estaba tocando un polígono, atravesó involuntariamente en un movimiento

brusco al gran hombre por la diagonal; y debido a ello, en parte como consecuencia de su

largo período de prisión y degradación y en parte por la conmoción moral que afectó al

conjunto de los familiares de mi ancestro, mi familia retrocedió un grado y medio en su

ascenso hacia mejores posiciones. El resultado fue que en la generación siguiente el

cerebro de la familia recibió una calificación de sólo 58°, y hasta cinco generaciones

después no se recuperó el terreno perdido, alcanzándose los 60° completos, y se logró al

fin ascender de la condición de los isósceles. Y toda esta serie de calamidades se debió a

un pequeño accidente en el proceso de toque.

Me parece oír en este momento exclamar a algunos de mis lectores más ilustrados:

«¿Cómo podéis tener noción vosotros, en Planilandia, de ángulos, grados y minutos?

Nosotros podemos ver un ángulo, porque podemos ver, en la región del espacio, dos lí-

neas rectas inclinadas una hacia otra; pero vosotros, que no podéis ver más que una línea

recta cada vez, o en todo caso sólo una serie de trocitos de líneas rectas alineados, ¿cómo

podéis diferenciar un ángulo y, menos aún, apreciar ángulos de diferentes tamaños?».

A esto respondo yo que, aunque no podamos ver ángulos, podemos deducirlos, y con

gran precisión. Nuestro sentido del tacto, estimulado por la necesidad, y desarrollado por

un prolongado adiestramiento, nos permite diferenciar ángulos con mucha más precisión

que vuestro sentido de la vista, cuando no le ayuda una regla o medidor de ángulos.

Tampoco debo pasar por alto que tenemos grandes ayudas naturales. Hay entre nosotros

una ley natural según la cual el cerebro de la clase isósceles empieza en medio grado, o

treinta minutos, y va aumentando (si es que llega a hacerlo) a razón de medio grado por

generación; hasta que se llega al objetivo de 60°, en que se elimina la condición de servi-

dumbre y el hombre libre ingresa en la clase de los regulares.

En consecuencia, la Naturaleza misma nos suministra una escala ascendente o

alfabeto de ángulos, desde el medio grado a los 60°, especímenes del cual están presentes

en todas las escuelas elementales del país. Debido a los esporádicos retrocesos, al aún

más frecuente estancamiento moral e intelectual, y a la extraordinaria fecundidad de las

clases delincuente y vagabunda, hay siempre un exceso enorme de individuos de medio

grado y un grado en la clase, y una buena abundancia de especímenes de hasta 10°. Todos

estos están absolutamente desprovistos de derechos civiles; y un gran número de ellos, al

no tener siquiera inteligencia suficiente para las tareas de la guerra, son destinados por los

estados al servicio de educación. Sujetos permanentemente con grilletes para eliminar

cualquier riesgo, se les coloca en las aulas de nuestras escuelas primarias, donde son

utilizados por el consejo de educación para impartir a los vástagos de las clases medias

ese tacto y esa inteligencia de los que esas desdichadas criaturas carecen por completo.

En algunos estados se alimenta a veces a los especímenes y se les permite vivir

unos cuantos años; pero en las regiones más templadas y mejor reguladas se considera

que es más beneficioso a largo plazo, para los intereses educativos de los pequeños,

prescindir de la alimentación y renovar mensualmente los especímenes; un mes es la

duración media de la vida sin alimentos de la clase delincuente. En las escuelas más baratas,

lo que se gana con la existencia más prolongada del espécimen se pierde, en parte, por los

gastos de alimentación y en parte por la menor exactitud de los ángulos, que se deterioran

tras unas semanas de «toque» constante. Hay que añadir también, al enumerar las ventajas

del sistema más costosos que ayuda, aunque no se perciba apenas, a que disminuya la

población isósceles excedente, un objetivo que tienen siempre en cuenta todos los

estadistas de Planilandia. Así que en conjunto (aunque no ignoro que, en muchos consejos

escolares de elección popular, hay una reacción en favor del llamado «sistema barato»), yo

estoy por mi parte dispuesto a pensar que este es uno de los muchos casos en que lo caro

resulta al final lo más económico.

Pero no debo permitirme que cuestiones de la política de los consejos escolares me

desvíen de mi tema. Confío en que se haya dicho lo suficiente para demostrar que la

identificación táctil no es un proceso tan tedioso ni impreciso como se podría suponer, y es

claramente más fidedigno que la identificación auditiva. Sigue de todos modos en pie,

como se indicó antes, la objeción de que este método no carece de peligros. Por esta razón

muchos miembros de las clases medias e inferiores, y todos los de los órdenes poligonales y

circulares sin excepción, prefieren un tercer método, cuya descripción se reservará para la

sección siguiente.

Hasta Pronto

Dolores